jueves, 15 de julio de 2010

Conejo

- No me gusta esto.

Dio un largo jalón al tabaco. La habitación estaba oscura, apenas iluminada por aquella pequeña chimenea frente a la que estaban sentados. Dejaba el humo escaparse de sus labios lentamente. Una tenue luz naranja iluminaba su cara cada vez que daba un jalón. El juego de la luz acentuaba sus facciones arrugadas, su piel morena.

- Sabes llegar, ¿No?

- Que si viejo, ya te dije dos veces.

El crepitar de la chimenea, el ligero ruido de la brasa. Afuera la luna brillaba, un conejo corría por el desierto.

- Llegas, buscas al hombre, haces lo que tienes que hacer. Ni mires pa' los laos. Te vienes derechito. De lo demás nos encargamos después.

- Si, si. Usted tranquilo viejo que yo se como es.

- No pendejo, no sabes como es. Nunca es como crees. No es tan fácil.

Estuvieron un rato sentados en silencio. El muchacho se alzo y se paseo un par de veces por la pequeña habitación, impaciente. El viejo lo miraba sentado. El muchacho camino hasta la puerta, se calzo y se ajusto un machete al cinturón.

- Entonces viejo, ¿ni buena suerte, ni las buenas noches me va a dar?

- ¡Coño! ¿Suerte? Este ya esta muerto. ¿Que te he venido enseñando entonces?

- Cabeza fría, ojo pelao'...

- Y pies ligeros. Tenga cuidao' muchacho.

- Bicho malo no muere.

- Ya tu estas medio muerto.

El aire del desierto estaba frío. Respiro hondo y comenzó a andar. Sentado frente al fuego el viejo fumaba en silencio.