domingo, 3 de mayo de 2009

Pedro Ríos, hombre trabajador.

Pedro Ríos, orgulloso propietario de un apartamento frente a los canales de navegación en Barcelona, estado Anzoategui aun mira con una mezcla de nostalgia y recelo la indumentaria que lo acompaño desde la salida de su pueblo natal hasta el fin de sus días de viajero.


Oriundo de una pequeña comunidad en la región central del país, hijo de campesinos, hermano de vagos, Pedro Ríos decidió drásticamente cambiar su vida el día 12 de Abril de 1949, cuando a sus dieciocho años se despide de su amada familia y su destino de campesino para buscar fortuna en otras tierras. Con poco mas que un par de alpargatas, pantalón, camisa y su bastón, de cara al mundo se va el hijo predilecto con mas fe que posibilidades de sobrevivir.


Sus viajes lo llevan a conocer el largo y ancho de su nación, viajes que prueban muchas veces mas arduos de lo que el joven esperaba y que muchas veces lo hicieron dudar de su decisión, mas de la adversidad se desarrolla el carácter, y Pedro Ríos aprendió a ser hombre, a hacerse respetar y querer por aquellos a quienes conocía. A pesar de esto, su noble naturaleza lo hacia propenso a ser víctima de aquellas naturalezas menos nobles que tanto abundaban en su nación, y no fueron pocas las veces en que tras un largo periodo de trabajo se encontró de nuevo con poco mas que un par de alpargatas, pantalón, camisa y su bastón.


Uno de estos momentos se marcaría mas que los otros en la memoria del Señor Ríos, como era conocido por sus vecinos en Barcelona, y marcaría también el fin de sus días de viajero.


-- “A lo mejor no te puedo recitar el manual” – le dijo al dueño del camión –“, pero de que te lo arreglo, te lo arreglo. Llevo media vida montado en estos bichos.”.


Fue así como logro su posición de mecánico de camiones en la estación de servicio que se encontraba entre dos pueblos, iguales a tantos otros que ya había visto. Un trabajo poco satisfactorio, pero bien remunerado. No tardo mucho antes que la combinación de buena paga y trabajo molesto hicieran que el Señor Ríos decidiera que era hora de un cambio, y recogiendo lo que había ahorrado se marcho de aquel lugar, igual que tantos otros lugares y sus pestes a aceite y gasolina. Siempre hacia adelante, sin un rumbo real y dando muestra de su nobleza al creer en la de los demás, no tardo mucho para que volviera a caer en desgracia.


Así se encontraba aquella soleada tarde en que con cansancio, sed y hambre llego a un pueblo que no conocía. Busco por todo el pueblo, pero no consiguió a nadie que le brindara siquiera un pequeño almuerzo. Llegando al limite de la desesperación, vio que se había salvado. Una gallina – ¡Y que gallina! - Fuera de su corral. Blanca, gorda, hermosa. “Si no me brindan, me brindo yo.” Que buen sancocho haría. Corrió y corrió tras la gallina – No podía ser. Un hombre en tan buen estado no podía atrapar a esta gallina. Sin darse cuenta, en su persecución se había alejado del pueblo en el que estaba.

Cuando estaba a punto de desistir y ponerse a mendigar, vio que la gallina se detenía frente a el y ponía un huevo. “Bueno, por lo menos para no morir de hambre sera.” Se acerco y lo tomo, pero algo no andaba bien.


Alzo la vista y la gallina no se veía por ningún lado. Un escalofrío recorrió la espalda del Señor Ríos. Al volver la vista a su mano, se dio cuenta que el huevo se había convertido en una piedra. Despavorido, Pedro Ríos lanzo el huevo convertido en piedra lo mas lejos que pudo y volvió corriendo al pueblo, olvidando toda hambre y cansancio que podía haber tenido, jurándose nunca mas volver a ese lugar, se olvido de la vida en el campo y viajo a la ciudad.


Nunca supo que había ocurrido en aquel lugar, pero tampoco pudo nunca sacárselo de la cabeza.

De haberse quedad un poco mas, tal vez el Señor Ríos hubiese oído el sonido del golpe frío de una roca contra otra, y de no haber huido sino ido a investigar, hubiese encontrado una tumba pequeña y sin marca, abandonada a la intemperie. Si tras esto hubiese ido a preguntar al pueblo de quien era esa tumba, y hubiese sido persistente, lo hubieran referido al anciano del pueblo, el viejo José Matos, quien con una mueca desdentada hubiese procedido a contarle como en aquel pueblo hacia años ya, un criminal había muerto a manos de los hombres del pueblo y había sido enterrado en una tumba sin marca en las afueras del mismo, y si tras esto hubiese preguntado sobre la gallina, y la roca, hubiese visto la mueca del viejo tornarse sombría, al oír que “aquel maldito” se estaba intentando comprar la entrada al paraíso.